
#EnLaOpiniónDe Carolina Ruiz Rodríguez.- Cada vez son más complejos y adversos los escenarios que enfrentan las personas migrantes en el mundo. Las campañas de odio, la criminalización sistemática y el blindaje de las fronteras han convertido la migración en una travesía marcada por el miedo, la incertidumbre y la violencia.
En este contexto, uno de los fenómenos más visibles es el incremento de la migración femenina, que hoy se presenta en proporciones similares a la de los hombres y bajo condiciones igualmente riesgosas. Sin embargo, ningún rostro del drama migrante resulta tan doloroso y estremecedor como el de las niñas, niños y adolescentes.
Son ellos quienes, en muchos casos, abandonan sus comunidades de origen sin la compañía de familiares, tutores o adultos responsables. Viajan solos, impulsados por la pobreza, la violencia o la promesa de una vida mejor, y quedan expuestos a las peores formas de abuso, engaño y explotación.
Parte de este drama tiene como escenario nuestro país y el flujo migratorio hacia los Estados Unidos. Y precisamente esta realidad es la que aborda la película que da título a este artículo: La Ciudad de los Sueños (City of Dreams), escrita, producida y dirigida por Mohit Ramchandani en 2023, estrenada en 2024 y recientemente incorporada al catálogo de Netflix, la plataforma de streaming con mayor alcance a nivel mundial.
La cinta narra la historia de Jesús, un menor de edad originario de la sierra del estado de Puebla que, con el sueño de convertirse en futbolista y con el consentimiento de su padre, viaja a los Estados Unidos para participar en un supuesto campamento del equipo Cosmos de Los Ángeles. Nada resulta como se lo prometieron. Jesús es engañado y termina siendo explotado laboralmente en talleres clandestinos de la industria textil en esa ciudad.
Más allá de cualquier valoración cinematográfica, la historia de Jesús retrata una realidad que enfrentan miles de menores migrantes: niños y adolescentes que viajan solos, engañados, y que al llegar al país de destino se topan con un mundo de terror hecho de explotación, maltrato físico, abuso psicológico y esclavitud moderna. Una normalidad brutal que permanece, en demasiadas ocasiones, fuera del foco público.
De hecho, la película inicia con esta frase: “Más de 12 millones de niños son víctimas de la esclavitud moderna. Esta es la historia de uno que luchó contra ella”.
De acuerdo con sus realizadores —entre quienes destaca como productora ejecutiva Yalitza Aparicio— la historia está basada en testimonios reales documentados por la organización A21, dedicada desde hace casi dos décadas a combatir el tráfico humano a nivel internacional.
A diferencia del desenlace que muestra la ficción, donde Jesús logra sobrevivir, la realidad suele ser mucho más cruel. Miles de niñas y niños migrantes desaparecen sin dejar más rastro que su nombre en listas interminables de personas no localizadas. Historias truncadas que rara vez ocupan titulares, pero que se repiten todos los días.
Hacia el final de la película, el actor Ariel López, quien interpreta a Jesús, lanza una pregunta directa al espectador: “¿Quieres saber qué pasó con Jesús?”. Él mismo responde: “Solo prende las noticias”. La pantalla se llena entonces de reportes sobre menores explotados, traficados, convertidos en mercancía y sobre las ganancias millonarias de las redes que se benefician de su esclavitud.
La Ciudad de los Sueños, aunque se encuentra entre las películas más vistas en México dentro de la plataforma, no es una historia cómoda ni fácil de mirar. Sus escenas oscuras y el retrato del maltrato infantil resultan perturbadores, y esa es precisamente su intención: sacudir conciencias, visibilizar una realidad que muchos prefieren ignorar y confrontarnos con la urgencia de dejar de ser indiferentes ante el sufrimiento de millones de niñas y niños migrantes.
Mirar de frente este drama no es un acto de sensibilidad, es un imperativo político y moral. Los gobiernos de los diferentes países no pueden seguir como espectadores de una tragedia que ocurre a plena luz del día. La niñez migrante no necesita compasión ocasional, necesita políticas públicas eficaces, cooperación internacional real y marcos legales que pongan la vida y la dignidad por encima de los intereses económicos y electorales.
México y los Estados Unidos tienen una deuda histórica con las niñas, niños y adolescentes migrantes. Mientras no se asuma con seriedad la protección integral de la infancia, mientras no se persiga con firmeza a las redes de tráfico y explotación, y mientras no se atiendan las causas estructurales que obligan a miles de menores a huir de sus hogares, la “ciudad de los sueños” seguirá construyéndose sobre la explotación de los más vulnerables.
No se trata solo de ver una película ni de indignarse por cerca de un par de horas. Se trata de exigir, desde la sociedad y desde las instituciones, que ningún niño tenga que cruzar fronteras para perder su infancia. La indiferencia también es una forma de violencia, y frente a la niñez migrante, ya no es una opción.
- Diputada local y presidenta de la Comisión de Atención a Personas Migrantes del Congreso del Estado de Morelos



