#EnLaOpiniónDe Jorge Argüelles Victorero.- La incorporación de los jueces sin rostro al nuevo sistema judicial mexicano abre un debate incómodo pero ineludible: cómo proteger a quienes imparten justicia sin vaciar de contenido las garantías de quienes la reciben. En un país asediado por el crimen organizado, el anonimato de los juzgadores promete seguridad, pero también tensiona la publicidad de los juicios, el derecho de defensa y la confianza en la imparcialidad de los tribunales. El verdadero desafío será decidir, con evidencia, expertos y tiempo, si esta figura puede acotarse como herramienta excepcional o si, por el contrario, nos encamina a una justicia opaca, vulnerable a la corrupción y, en última instancia, injusta.