
#EnLaOpiniónDe Jorge Argüelles Victorero.- La humanidad aprendió a temerle a la contaminación cuando el aire se volvió irrespirable, los ríos se tornaron tóxicos y los suelos dejaron de dar vida. Durante décadas, el gran enemigo global tuvo rostro ambiental: emisiones, plásticos, desechos industriales. Sin embargo, en el siglo XXI ha quedado claro que existe otro contaminante igual o más dañino, invisible pero profundamente corrosivo: la corrupción.
La corrupción opera como una sustancia tóxica que se infiltra en todos los sistemas. No se ve, pero se siente en hospitales, en carreteras, en obra pública, en instituciones y otras cuyo desarrollo se alenta. Así como el dióxido de carbono altera el clima, la corrupción distorsiona la vida pública, altera los incentivos y termina por afectar directamente la calidad de vida de millones de personas.
A nivel global, los ejemplos abundan. En diversas regiones de África, recursos destinados al desarrollo terminan desviados, perpetuando la pobreza. En Europa del Este, redes de corrupción han frenado procesos de consolidación democrática. En América Latina, históricamente, grandes escándalos han revelado cómo la captura del Estado por intereses privados genera desigualdad y desconfianza. La corrupción, como el plástico en los océanos, no respeta fronteras: se acumula, se reproduce y, si no se contiene, se normaliza.
México no ha sido ajeno a este fenómeno. Durante años, la corrupción fue parte estructural del sistema político y administrativo. Se volvió una especie de “costo de operación” que muchos asumían como inevitable. Ese fue, quizás, el mayor daño: la normalización. Porque cuando una sociedad deja de indignarse frente a la corrupción, es como si aceptara vivir en un ambiente contaminado.
Hoy, sin embargo, hay un cambio de paradigma. Desde la llamada Cuarta Transformación se ha colocado el combate a la corrupción en el centro de la agenda pública. No se trata solamente de un discurso, sino de un esfuerzo por desmontar prácticas arraigadas, por cerrar espacios a la discrecionalidad y por reorientar los recursos hacia quienes más lo necesitan. Programas sociales directos, austeridad republicana y mayor vigilancia en el uso del presupuesto son parte de esta estrategia.
Pero como ocurre con la contaminación ambiental, no basta con reconocer el problema ni con iniciar acciones: se requiere constancia, profundidad y corresponsabilidad. La corrupción no desaparece de un día para otro, porque está ligada a hábitos, incentivos y estructuras que se construyeron durante décadas. Combatirla implica transformar no solo las instituciones, sino también la cultura política.
En ese sentido, la analogía ambiental resulta útil. Así como hoy hablamos de reciclaje, energías limpias y consumo responsable, también deberíamos hablar de integridad pública, transparencia cotidiana y participación ciudadana activa. La lucha contra la corrupción no es exclusiva del gobierno; es una tarea colectiva. Cada acto de legalidad, cada denuncia, cada exigencia ciudadana contribuye a limpiar el “ecosistema” institucional.
México está en una etapa clave de este proceso. Se han dado pasos importantes, pero el reto es consolidarlos y evitar retrocesos. La tentación de la opacidad siempre está presente, y por ello es fundamental que el combate a la corrupción se mantenga como una prioridad permanente, más allá de coyunturas políticas o cambios de administración.
Si el siglo XX nos enseñó que no se puede construir desarrollo sobre un planeta contaminado, el siglo XXI nos está enseñando que tampoco se puede construir justicia ni bienestar sobre instituciones corrompidas. La corrupción, como cualquier contaminante, degrada todo lo que toca. Pero también, como en el caso del medio ambiente, existe la posibilidad de regenerar, de limpiar y de transformar.
La pregunta no es si debemos combatirla, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar para erradicarla. Y en ese camino, México tiene hoy la oportunidad de demostrar que es posible sanear la vida pública y construir un país donde la honestidad no sea la excepción, sino la regla.



